Nuestro Camino de Santiago

Llevaba siglos queriendo hacer el camino De Santiago. Mola porque es un plan que da bastante respeto. Parece que te tienes que saber muchas cosas. Realmente luego es muy sencillo. Calzado cómodo, vaselina en los pies, calcetines antiampollas, poco peso en la espalda (hay un servicio de Correos que te lleva la maleta de sitio a sitio) y, súper importante, los bastones para caminar. Como decía mi amiga Monti, es lo que te da la autoridad de peregrina. Sino parece que estás haciendo running después de la tostada de aguacate. No es lo mismo. Así consigues que te digan los locales: “buen camino” y que te piten los coches con su mejor sonrisa.
Mi primera impresión fue: empezar a reconocer los que son caminantes. Es curioso porque de repente te conviertes en una nueva raza de personas. Inmediatamente ponía la etiqueta de gente reflexiva, que Agosto prefiere o puede pasarlo con una experiencia un poco alejada del chiringuito de turno. Me ha parecido un plan TOP para agosto. Y sobre todo por el Norte.
Caminamos 5 dias. Desde Comillas a Llanes. 20 kms de media al día que son unas 4 horas. Lo suficiente para llegar al hotel, darte un baño, descansar un rato y salir a cenar en el pueblo donde caíamos.
No tengo palabras para definir lo afortunada que me siento de poder decir que soy española y sentir que algo de todo esto me pertenece. Esos tomates, esos pescados, esa amabilidad. Como si todos hubiéramos ido al mismo colegio. Cuando viajas en este modo nómada, hay algo precioso que le ocurre a tu alma. Y es que va volando contigo, como una mariposa, sin terminar de posarse en ninguna parte. Hasta que, como ahora, llegas a la playa de Somo. Eterna, agradable y con una tonalidad parecida al cielo. Te tumbas, en esta arena caribeña, blanca y fina. Que no termina de quemar y con una especie de ventilador gigante acariciándote el pelo, y de repente dices: ahora. Voy a pararme a escribirlo.
¿Que he aprendido en el camino con mi amiga Monti? Lo primero que lo importante no es dónde sino con quien. La compañía lo es todo. Y Monti tiene la capacidad de hacer que cada instante sea único. Una mezcla entre nostalgia y alegría. Un limbo que a veces para en el presente para simplemente agradecer lo felices que somos. Lo afortunadas. Dos empresarias en modo avión, atravesando campos infinitos, hablando con animales, rezando de la mano y bailando música venezolana. Recordando aquellos años cuando nos conocimos en Los Ángeles, y todo lo vivido desde entonces. Historias que se cierran y otras que se abren. Un chamán con un ramo de rosas, un campesino ocultándole a su mujer que fuma, una hostelera ofreciéndonos un pomelo de su huerto, un camarero exiliado desde Cadiz. Unos calamares en su tinta, unas navajas con o sin limón. Un tomate que sabe a carne. Y de postre un helado artesano de turrón. Artesano. La palabra favorita de Monti. Una mujer que vive en el pasado y en el futuro. Curiosa, aventurera, divertida como ella sola. Lista. Agradable. Con un talento natural y una voz que la convierten en tu amiga en la tercera frase. Positiva, decidida, buena amiga. Para mí una hermana del alma.
Gracias Dios, tan presente en mi corazón, por estos días. Por este verano, que pintaba amargo y has sabido colocar, como solo tú sabes hacerlo. Dejando todo en tus manos, la vida se vuelve ligera y los que te rezamos, podemos sentir tu calor al cerrar los ojos en dirección al viento. Estás en todas partes. En cada aliento.